Y el pueblo dijo no

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Y el pueblo dijo no

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Nuestro editorial semanal se anticipa a los 40 años del plebiscito de 1980 y al evento con que AEBU lo conmemorará el próximo lunes 30.

EDITORIAL

El próximo lunes 30 la democracia uruguaya celebra un acontecimiento que —sin duda— es una «fecha patria» de esta república.

Los uruguayos rechazaron en plebiscito histórico un texto constitucional propuesto por la dictadura como forma de autolegitimarse con la bendición ciudadana.

En el clima opresivo del terrorismo de Estado, la propuesta del régimen contó con una apabullante propaganda oficial favorable a través de todos los medios —televisión, prensa escrita, radios— y el editorial respaldo explícito de varios de ellos.

Los números fríos informan que un 87 % de los habilitados participaron en el plebiscito y más de un 57 % —con la papeleta del no— le contestó claramente a la dictadura y a todo aquel que quisiera enterarse, dando un ejemplo de dignidad ante el mundo.

Historiadores, políticos, investigadores, periodistas han dado a lo largo del tiempo su interpretación sobre el suceso y sobre el acatamiento del régimen al resultado de las urnas, en cuanto fenómeno singular.

En los días inmediatos siguientes al evento, Gabriel García Márquez publicó una nota en El País de Madrid titulada «El cuento de los generales que se creyeron su propio cuento». Allí apuntaba que había tal vez veinte especulaciones distintas sobre el insólito suceso y que una de las que «corre el riesgo de parecer simplista y que a lo mejor es la más próxima de la verdad [es esta]: los gorilas uruguayos terminaron por creerse su propio cuento… Es la trampa del poder absoluto. Absortos en su propio perfume, los gorilas uruguayos debieron pensar que la parálisis del terror era la paz, que los editoriales de la prensa vendida eran la voz del pueblo y, por consiguiente, la voz de Dios, que las declaraciones públicas que ellos mismos hacían eran la verdad revelada, y que todo eso, reunido y amarrado con un lazo de seda, era de veras la democracia.»

La complicada perfección del sistema electoral uruguayo, la diferencia abismal de votos a favor del no —entre otras— militan como razones plausibles que también aparecen en el plano de las explicaciones.

Más allá de todo ello, nos parece sensato destacar tres elementos que es bueno valorar en una mirada que tiene la serenidad de cuarenta años de distancia, no separada de la sensibilidad y el corazón de los compatriotas ante un hito que nos enorgullece.

En primer lugar, las tres dictaduras implantadas en los años setenta en Uruguay, Argentina y Chile tuvieron el factor común de ser reacciones violentas para detener experiencias democráticas progresivas en la región, tuvieron el mismo patrocinio y aplicaron iguales políticas antinacionales. Contaron, por demás, con mitos justificatorios similares —calcados a veces— como la defensa de Occidente, del ser nacional, de los valores tradicionales, del orden, la lucha contra las ideas foráneas, la defensa de la familia, de Dios y del desarrollo. Dependieron los énfasis de cada geografía. Pero los métodos y los objetivos reales fueron exactamente los mismos.

En el caso uruguayo se avasalló la libertad, la barbarie estatal asesinó, desapareció, encarceló, torturó, cesanteó a millares de compatriotas por el simple pecado de hacer un gesto de resistencia. De pensar.  De existir.

Y dicho terrorismo de Estado fue el ámbito adecuado para destruir la producción del país, reducir los salarios y las pasividades a menos de la mitad, haciendo uno de los más arrolladores ajustes económicos regresivos de nuestra historia.

 Desde diversas subjetividades, allí hay buenas explicaciones —de varios tonos— que informan de la resistencia creciente a la dictadura, de la cual el plebiscito de 1980 es un jalón trascendente.

En segundo término, vaya en este homenaje al pueblo oriental y su conciencia libertaria, una especial mención a las mujeres y hombres de todas las ideas y creencias que dieron la batalla desde el 27 de junio de 1973, ya sea desde la lucha organizada sufriendo el embate del terrorismo de Estado, como en miles de muestras de resistencia cotidiana esperando la oportunidad de manifestarse y reconstruir nuestra convivencia en libertad.

Finalmente, la historia puede cumplir diversas funciones. Acaso una de las superlativas —valiosa por excelencia— es la de transformarse en peldaño para edificar presente y futuro.

El mundo de este año 2020 padece una crisis universal originada por una pandemia gravísima. Pero no hay virus alguno que nos imponga dejar de ver la realidad con todos sus tornasoles. Dentro de ella podemos constatar el desarrollo creciente de fuerzas que no apuntan al beneficio de la humanidad.  Nos referimos a las diversas máscaras, fachadas, cosméticas, tapabocas… que asume el neofascismo en Europa y América.

Es buena oportunidad, pues, para que los uruguayos al celebrar esa gesta republicana del 30 de noviembre de 1980, nos quedemos con lo esencial, lo que no es anécdota sino desafío.

La lucha y unidad de voluntades de la época, habilitaron el retorno de la convivencia civilizada, del derecho de la gente a pensar, a bregar por sus legítimas aspiraciones, a vivir.

Conquistamos una democracia que no renació perfecta, que aún al día de hoy tiene cuentas pendientes con valores como la verdad y la justicia. Es tarea diaria avanzar en ella, superando sus propias debilidades.

Mas valorar aquel encuentro de conciencias cívicas nos debe ayudar a reafirmar nuestro compromiso con la democracia, el respeto, la tolerancia y alejar definitivamente toda reivindicación o justificación del proceso de la dictadura. Porque, como hace 40 años, la única línea divisoria entre los orientales es entre totalitarismo y democracia.

El mejor homenaje al 30 de noviembre de 1980 es la labor de hoy, de todos los días, por la libertad y las causas solidarias de nuestro pueblo.